Recientemente hemos visto cómo la información utilizada como arma en diversas partes del mundo ha puesto en riesgo la democracia. Mi experiencia como alumni de la Fundación Friedrich Naumann me permitió comprender a mayor profundidad este problema y me dio algunas claves de las actividades que deben realizarse a futuro para combatirla.

En las últimas semanas tuve el gusto de asistir al seminario Libertad de prensa: desafíos de la era digital, impartido por la Academia Global de Liderazgo (IAF) de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad. Participantes de 23 países nos reunimos para discutir nuestras percepciones sobre los retos del periodismo y las posibles soluciones.

Al ver la lista de participantes no pude evitar preguntarme si tendríamos temas similares de discusión, ¿qué podría, por ejemplo, tener en común la prensa de México con la de Líbano, Nepal o Tailandia? Incluso a nivel regional, los retos de cada país son distintos: mientras México batalla por brindar seguridad a sus periodistas, Argentina lidia con prensa que busca defender una construcción oficialista de la historia, por no hablar de la situación diferenciada de los países de Medio Oriente o Europa.

La respuesta llegó sola con el pasar de los días. En cada discusión, el mismo antagonista se asomaba una y otra vez con distintos modus operandi y matices: la desinformación. Sin importar si proviene de izquierda o derecha, las noticias falsas y la malinformación encuentran terreno fértil en cada región del planeta.

¿Por qué? La respuesta simple es que la globalización de la información ha permitido también la globalización de la desinformación, lo cual ha dado terreno libre a las autocracias para tejer redes globales de propaganda y noticias falsas.

La respuesta menos simple es que hay demasiados factores en el mundo contemporáneo que la favorecen: la desconfianza en los medios tradicionales, la falta de transparencia de los algoritmos de redes sociales, la enorme maquinaria de instituciones y gobiernos para contar una verdad oficial y, no menos importante, la polarización y el auge de los populismos de los cuales el mundo ha sido víctima durante la última década.

La desconfianza en los medios tradicionales

Los diferentes desórdenes de información propagados principalmente a través de las redes sociales y grupos de internet ponen en jaque al periodismo, que además debe lidiar con un creciente recelo en su labor —en México, por ejemplo, tan solo el 37% de la población confía en los medios de comunicación—.

Esta desconfianza no es inusitada: con la digitalización vino también la democratización de la información. Cosa que, por cierto, los liberales no vemos con malos ojos. Hoy en día, ¿quién dice que los periodistas tienen el monopolio de la verdad? ¿Por qué los ciudadanos no deberían tener una voz igual de potente?

Hay, por lo menos, dos respuestas a esta pregunta: la primera es que el periodismo parte de una metodología rigurosa de investigación de la cual la información en redes sociales carece. La segunda y más importante, es que las noticias falsas y la malinformación no suelen provenir de “confusiones” u “opiniones” ciudadanas, sino de maquinarias que utilizan la información como arma para presionar agendas o intereses, como lo demostraron, entre otros casos, las noticias falsas contra las vacunas.

Algoritmos sin transparencia

No es un secreto que la desinformación ha sido compañera de la civilización humana desde hace cientos de años; sin embargo, hoy en día la capacidad de afectar a miles de personas a la vez la ha dotado de una nueva dimensión de peligro. La principal razón para esto radica en el algoritmo que permite viralizar los contenidos.

Desde luego, no es que la viralización por sí sola esté mal —en México la campaña #Verificado19S es un excelente ejemplo de cómo emplear en poder de las redes sociales en favor de la sociedad civil—; no obstante, la falta de transparencia del algoritmo pone en desventaja a las organizaciones de verificación y promueve las estrategias de desinformación y presión política, como sucedió con el caso de Cambridge Analitica.

La desinformación oficial y el auge de los populismos

Es imposible hablar de desinformación sin hablar de populismo. Las elecciones norteamericanas, el Brexit y, más recientemente los deepfake y las noticias falsas en Ucrania, son ejemplos perfectos de cómo transformar mentiras e información sacada de contexto en armas políticas.

Quizá el caso más claro y documentado son las granjas de bots rusas. Este es un fenómeno global ya ha alcanzado nuestra región. No olvidemos, por ejemplo, que de acuerdo con el reporte anual de Artículo 19, el 40% de los dichos de Andres Manuel López Obrador no son verdaderos.

Ante estas problemáticas, la pregunta que me hacía durante las sesiones y que aún me acompaña es: ¿cómo jugar limpio contra actores que no lo hacen? ¿Cómo, si los consumidores de noticias ni siquiera creen en los verificadores?

No tengo una respuesta y tampoco creo que exista una única solución a todos nuestros problemas. Lo que sí comprendo ahora es que la sociedad civil y los periodistas en todo el mundo han cosechado pequeños triunfos de los cuales el resto pueden nutrirse —un caso esperanzador es el de Nina Jankowicz, quien da algunas claves de cómo luchar contra la desinformación rusa basada en las experiencias de Europa del Este en su libro How to Lose the Information War—.

Son ejercicios como el de la IAF los que nos dan las claves para seguir adelante mediante el intercambio de ideas y mejores prácticas. Las redes sociales y las estrategias de desinformación avanzan antes de que podamos terminar de comprenderlas, pero si queremos ganar la batalla de la velocidad debemos fomentar múltiples estrategias de cooperación regionales y globales que nos permitan combatir el problema como lo que es: una enfermedad mundial.