Oscar Rivas, economista y alumni de la Fundación, no sólo resume las ideas debatidas durante el seminario Análisis de los retos y desafíos de las instituciones , sino que pone en mesa de discusión los conceptos y temas que no estamos atendiendo lo suficiente: el cambio climático, la criptomoneda, la desigualdad y acumulación de riqueza, la generación de soluciones para la pobreza, entre muchos más.

Los arces rojos de Washington saludan mi llegada al seminario de Análisis de los retos y desafíos de las instituciones de Bretton Woods, organizado por el Hub de Estados Unidos de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad. 

Acompañado de un frío inusual para alguien que está acostumbrado al calor de Culiacán y Miami, el seminario se presenta como una extraordinaria oportunidad de diálogo entre economistas, altos directivos del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) y para mi, la de ser la voz de América Latina en la reorganización de una economía global que cada día enfrenta retos más grandes.


Durante cuatro días tendremos la oportunidad de hablar sobre aquellos temas que no estamos atendiendo suficientemente: el cambio climático, la criptoeconomía, el desarrollo de instrumentos financieros que fomenten la transición energética, la cooperación internacional en comercio y la generación de soluciones tecnológicas para la pobreza.

La capital estadounidense es fascinante, en cuanto que sus trazos buscan emular a Roma y la cultura Clásica en su permanente intención de ser la heredera del trono del Imperio de Julio César. Me parece el lugar idóneo para que los quince participantes del seminario compartamos nuestras experiencias en materia de economía y cómo lo vislumbramos desde ópticas de países tan distintos: Indonesia, Pakistán, Italia, México y más. 

El primer tema en la agenda es hablar de la relación de nuestros países con el FMI y el Banco Mundial. Complicada tarea para un latinoamericano, pensé. En su momento se nos dijo que con el Consenso de Washington saldríamos de la pobreza; sin embargo, la realidad no fue así. La violencia ha aumentado, la pobreza está imparable y la desiguldad es intolerable. 

Todos coincidimos con Fukuyama que el fin de la historia ideológica era, a la luz de los tiempos actuales, una mala broma. El mundo ha escalado en complejidad y vemos que China y Rusia mantienen una narrativa común: hay modelos de crecimiento y desarrollo diferentes, y nos dicen que el modelo occidental de libre mercado y democracia no necesariamente genera progreso. El conflicto de nuestra época es precisamente ése: entender qué modelo es el mejor para la humanidad. Las guerras, nos dice Sun Tzu, primero se ganan en la tribuna, porque es ahí donde se encuentra una justificación moral para las ideologías.

Si bien creo en la democracia, reconozco las enormes limitantes de diseño que tiene y la conversación grupal va de la mano de ese análisis. Mis compañeros hablan desde sus diferentes contextos: a algunos países, el FMI ya no les considera como prioridad porque alcanzaron estadios de desarrollo altos; aun así, ellos quieren que siga la institución trabajando en coordinación con sus gobiernos. Imposible no sonreír ante el contraste de mi región: en México y en Latinoamérica, el FMI y el Banco Mundial son la representación del mal absoluto. 

El debate continúa en el almuerzo, cuando conversamos con Claus Gramckow, el Director Regional del Hub de Norteamérica, quien nos comparte su visión sobre el contexto actual y los complejos debates al interior de la política estadounidense. Su charla me da luz sobre Estados Unidos: hay demasiados problemas tratando de resolverse de diferente manera, unos quieren hacerlo apelando al pasado y otros, tratando de averiguar si seguirá siendo este país el motor del mundo.

La creencia latinoamericana de que Estados Unidos es perfecto y que solo existen nuestros problemas es un espejismo. Estados Unidos es tan complejo y diverso como todos los países y su política es intensa, combativa y dura. 

En el Banco Mundial sostenemos una reunión con Nikolai Putscher, antes Ministro de Economía de Alemania y ahora parte importante del Banco Mundial. El diálogo es interesante, retador. Le explico que no veo una aportación viable de su institución cuando los niveles de pobreza del mundo siguen creciendo enormemente. Su respuesta, si bien tiene lógica, me deja un poco incómodo: el Banco Mundial no incide en los gobiernos, solo apoya proyectos, responde. A veces es difícil transmitir la frustración que implica ver que los organismos internacionales pudieran hacer más por disminuir la pobreza.

Pasamos de Washington a Nueva York, una ciudad que hace año y medio quedó desolada tras las muertes de COVID-19 y que hoy, noviembre 2021, resulta increíble ver cómo la ciudad de rascacielos fluye con gente y renace de entre las sombras de la pandemia. Aquí, el profesor de economía Arvin Panagariya, de la Universidad de Columbia, nos ofrece una gran cátedra en la que presentó un análisis sobre los mercados emergentes y los retos que tiene México en el futuro. 

Después de cuatro días de intensas reuniones, debates y discusiones, no dejo de pensar en la complejidad de las realidades que superan mi contexto, y me queda el sentimiento de que hay mucho que hacer a mi regreso. 

Este artículo, además de presentar las ideas que se debatieron durante el seminario, tiene la clara intención de provocar el debate sobre la relevancia de los conceptos que alimentaron las pasadas décadas en materia de economía y que hoy deben ser discutidos. La globalización y la especialización tecnológica trajo grandes beneficios, pero también dio lugar a brechas de desigualdad, altos grados de concentración de riqueza y, sobre todo, problemas sociales que no advertimos en los primeros años del FMI y el Banco Mundial: migración, terrorismo, tráfico de drogas, cambio climático y más.

La pandemia por COVID-19 puso en evidencia la debilidad institucional de América Latina, lo que hace necesario construir puentes entre las regiones y, sobre todo, incidir en la construcción de una economía más justa, representativa y equilibrada para el futuro.   

Desde el Río Grande hasta la Patagonia observamos el advenimiento de populismos, de liderazgos caudillistas que enaltecen el pasado previo a la globalización y manipulan el dolor social de la pobreza. Existen ya tremendas posibilidades de que la democracia en la región vaya gradualmente desapareciendo. La erosión de las instituciones fragmenta el legado de la libertad y nos coloca en un dilema histórico: o fortalecemos la libertad o entregamos el mundo a sus enemigos. 

No tengo duda de estar del lado correcto: del lado de la defensa de la libertad.